lodelicious.

Nutrición científica para tu bienestar diario

Una columna de Pau Echegaray

La fatiga de Javier: lección sobre la hiponatremia

En nutrición deportiva, todavía circula una idea aparentemente sensata que puede acabar en urgencias: si entrenas mucho, tienes que beber todo lo que puedas. El problema es que el cuerpo no funciona como una botella con capacidad infinita.

Pau Echegaray, Dietista-nutricionista clínico y divulgador metabólico·Actualizado: 29 de agosto de 2026·13 min de lectura

La fatiga de Javier: lección sobre la hiponatremia

Beber agua en exceso durante una carrera puede diluir el sodio de la sangre y provocar una hiponatremia asociada al ejercicio.

La hiponatremia se define por una concentración de sodio inferior a 135 mmol/L durante la actividad física o en las 24 horas posteriores. No es una rareza exótica reservada a ultramaratonianos con barba, mochila técnica y una opinión sobre cada gel energético. Puede aparecer cuando se ingiere demasiado líquido hipotónico, especialmente agua, y el organismo no consigue eliminarlo al mismo ritmo.

Javier —como tantos deportistas que llegan a consulta agotados, mareados y convencidos de que les falta agua— comete un error muy común: interpreta cualquier bajón como deshidratación. ¿Cansancio? Agua. ¿Dolor de cabeza? Agua. ¿Náuseas? Más agua. Y así, intentando solucionar el problema, puede empeorarlo.

El sodio no es el villano de la dieta

El sodio tiene mala prensa porque durante años se ha metido en el mismo saco que el exceso de productos ultraprocesados, la hipertensión y las patatas de bolsa. Pero en fisiología no existen nutrientes buenos o malos en términos absolutos. Existen concentraciones, contextos y dosis.

En la sangre, el rango considerado saludable de sodio se sitúa aproximadamente entre 135 y 145 mmol/L. El sodio participa en la transmisión nerviosa, la contracción muscular y el equilibrio de líquidos entre los distintos compartimentos del organismo. Dicho sin bata blanca: ayuda a que los músculos reciban órdenes y a que el agua no se desplace de forma absurda hacia donde no toca.

Cuando bebes una cantidad excesiva de agua sin aportar suficiente sodio, el plasma se diluye. La cantidad total de sodio puede no haber desaparecido, pero su concentración disminuye. Es la diferencia entre echar una cucharadita de sal en un vaso y echarla en una piscina. La sal sigue ahí. Lo que cambia es la concentración.

La clasificación orientativa queda así:

Concentración de sodio en sangreSituación
135-145 mmol/LRango saludable
130-134 mmol/LHiponatremia leve
125-129 mmol/LHiponatremia moderada
Menos de 125 mmol/LHiponatremia profunda o grave

El número, por sí solo, no cuenta toda la historia. La velocidad a la que cae el sodio, los síntomas y el estado general del deportista también importan. Pero sirve para entender que una cifra aparentemente pequeña puede señalar un desequilibrio relevante.

Beber más no demuestra que estés mejor hidratado. A veces solo demuestra que has convertido la botella en una religión.

La hiponatremia asociada al ejercicio se describió por primera vez en 1981 en el contexto de una prueba de ultramaratón. Desde entonces, el problema se ha estudiado sobre todo en actividades prolongadas: maratones, triatlones, carreras de montaña y pruebas de ultraresistencia. Pero no conviene utilizar esto como excusa para mirar hacia otro lado si haces sesiones largas de ciclismo, senderismo exigente o entrenamientos con mucho calor.

La trampa de beber demasiada agua entrenando

La causa principal de la hiponatremia por exceso de agua en deportistas es bastante sencilla: entra más líquido del que el cuerpo puede eliminar. El riñón tiene límites. Además, durante el ejercicio puede mantenerse elevada la secreción de hormona antidiurética, también llamada ADH o vasopresina.

Esta hormona ayuda a conservar agua. En condiciones normales, es una herramienta útil. Durante el ejercicio prolongado, sin embargo, puede contribuir a que el organismo retenga líquido incluso cuando ya has bebido demasiado. Resultado: aumenta el volumen de agua corporal, el sodio plasmático se diluye y el sistema nervioso empieza a pagar la factura.

Aquí aparece una confusión muy extendida. La deshidratación y la hiponatremia pueden compartir síntomas iniciales: fatiga, malestar, dolor de cabeza, náuseas o calambres. Pero no se resuelven de la misma manera. Si asumes automáticamente que todo es falta de agua, puedes seguir bebiendo mientras el problema real es precisamente la sobrecarga de líquidos.

La obsesión por terminar una carrera con la camiseta empapada y el peso intacto también genera decisiones poco finas. Algunos deportistas beben en cada avituallamiento, aunque no tengan sed. Otros siguen un plan rígido de mililitros por hora preparado en una hoja de cálculo que no sabe si hace calor, si el ritmo ha cambiado o si el corredor ha dejado de sudar como esperaba.

No necesitas convertir la hidratación en una oposición administrativa. Sí necesitas dejar de beber por inercia.

¿Cuánta agua beber en un maratón?

No existe una cifra universal que funcione para todos los corredores. El ritmo, la temperatura, la humedad, el tamaño corporal, la tasa de sudoración, la ropa y la duración de la prueba modifican las necesidades. El mismo volumen puede ser insuficiente para una persona y excesivo para otra.

Como referencia preventiva recogida en las pautas disponibles, durante el ejercicio prolongado conviene no superar aproximadamente los 800-900 ml de líquido por hora. No es una licencia para intentar beber exactamente 900 ml cada hora. Es un límite superior orientativo para evitar la sobrehidratación, no un objetivo obligatorio.

En muchas situaciones, beber siguiendo la sed resulta más sensato que forzarse a consumir una cantidad prefijada. La sed no es un enemigo que deba ser silenciado con disciplina militar. Es una señal fisiológica. No perfecta en todos los contextos, pero bastante más útil que beber de forma automática sin relación con lo que está ocurriendo.

Tampoco tiene sentido pasar del agua a una bebida deportiva pensando que el color naranja resuelve la fisiología. Una bebida con hidratos y electrolitos puede ser útil en esfuerzos prolongados, pero no neutraliza cualquier volumen de líquido. Si sigues bebiendo por encima de tus necesidades, el problema puede mantenerse.

Síntomas de hiponatremia en carrera: lo que no debes normalizar

Los síntomas de hiponatremia durante una carrera pueden confundirse con el cansancio normal de la competición. Ese es uno de sus peligros. En una prueba exigente todo parece explicable por el esfuerzo hasta que deja de serlo.

Los síntomas iniciales pueden incluir:

  • Náuseas o sensación de estómago revuelto que no mejora.
  • Dolor de cabeza durante o después del ejercicio.
  • Letargo, apatía o una fatiga desproporcionada respecto al ritmo.
  • Calambres y debilidad muscular.
  • Sensación de confusión o dificultad para responder con normalidad.
  • Hinchazón de manos, cara o pies en un contexto de ingesta abundante de líquidos.
  • Aumento de peso durante la prueba, algo que no encaja con la idea de haber perdido sudor.

La presencia de uno de estos signos no permite diagnosticar una hiponatremia en casa. El diagnóstico requiere medir el sodio en sangre y valorar el estado clínico. Pero sí puede indicar que ha llegado el momento de parar, pedir ayuda y no seguir bebiendo agua de manera compulsiva.

El cuadro grave recibe el nombre de encefalopatía hiponatrémica asociada al ejercicio. Cuando el sodio desciende y el agua entra en las células, el cerebro puede verse afectado por edema cerebral. En los casos severos pueden aparecer vómitos intensos, desorientación, alteración de la consciencia, convulsiones, coma y muerte.

Esto no es una frase dramática para conseguir que termines de leer. Es el motivo por el que un dolor de cabeza acompañado de confusión después de beber grandes cantidades de agua no debe tratarse como una simple pájara.

En una carrera, la combinación de náuseas, cefalea y confusión no se arregla necesariamente con otro trago. Puede requerir asistencia médica inmediata.

Si el deportista está confuso, vomita repetidamente, presenta convulsiones, pierde la consciencia o se comporta de forma extraña, hay que activar la atención sanitaria de emergencia. No se debe obligar a beber. Tampoco conviene improvisar soluciones caseras ni administrar grandes cantidades de sal esperando una corrección rápida. El tratamiento depende de la gravedad y del contexto clínico.

El peso antes y después: una herramienta más útil que la intuición

Una forma práctica de detectar una estrategia de hidratación desproporcionada consiste en controlar el peso corporal antes y después de los entrenamientos largos o de las competiciones. La regla operativa es sencilla: no deberías terminar la prueba con más peso del que tenías al empezar.

Ganar peso durante una carrera suele indicar que has ingerido más líquido del que has perdido. No significa que cualquier descenso de peso sea deseable ni que debas competir deshidratado. Significa que la ganancia de peso es una señal de posible sobrehidratación y merece atención.

Para que el control tenga sentido, las mediciones deben hacerse en condiciones parecidas. Pésate antes y después, con la menor diferencia posible de ropa y teniendo en cuenta que el peso posterior puede verse alterado por el contenido gastrointestinal. La cifra no sustituye al juicio clínico, pero ayuda a desmontar una percepción muy extendida: la de que beber mucho siempre protege.

Una estrategia razonable es registrar durante varios entrenamientos:

  • Peso antes y después de la sesión.
  • Duración y ritmo aproximado.
  • Temperatura y condiciones ambientales.
  • Cantidad de líquido ingerida.
  • Tipo de bebida utilizada.
  • Aparición de sed, náuseas, cefalea o hinchazón.
  • Cambios en el rendimiento y en la tolerancia digestiva.

No necesitas una aplicación con diseño aeroespacial. Una libreta sirve. El objetivo es conocer tu respuesta, no construir un centro de control de la NASA para una salida de domingo.

La tasa de sudoración puede variar mucho entre sesiones. Por eso resulta poco prudente copiar el plan de hidratación de otro corredor, aunque tenga más experiencia, más seguidores o unas zapatillas que parezcan diseñadas por un ingeniero de Fórmula 1.

Sodio en la bebida: útil, pero no mágico

En esfuerzos prolongados, las bebidas para deportistas con sodio pueden ayudar a reducir la dilución del plasma frente al consumo exclusivo de grandes cantidades de agua. Las pautas recogidas sitúan una concentración aproximada de 20 mmol/L de sodio como referencia en este contexto.

Conviene traducir la unidad antes de que alguien empiece a mirar la etiqueta como si fuera una inscripción sumeria. Una concentración de 20 mmol/L equivale aproximadamente a 460 mg de sodio por litro de bebida, porque un mmol de sodio aporta cerca de 23 mg. La etiqueta puede expresar el contenido como sodio o como sal, y no es lo mismo. La sal contiene sodio, pero también cloro; por eso las cifras no deben compararse sin más.

Ahora bien: que una bebida tenga sodio no significa que puedas beberla sin límite. El sodio no convierte una cantidad excesiva de líquido en una cantidad adecuada. Tampoco evita por sí solo todos los problemas de una carrera larga. El volumen total, la tasa de sudoración, la duración y la tolerancia individual siguen contando.

La bebida deportiva puede ser una herramienta. No es un permiso para ignorar la sed ni una póliza contra la mala planificación.

Además, la hidratación no debe separarse de la alimentación durante el ejercicio. En actividades largas, los hidratos de carbono pueden contribuir al mantenimiento del rendimiento y retrasar la fatiga. Pero aquí también aparece el mismo defecto de siempre: creer que más es mejor. Un exceso de geles, bebida, agua y sales puede acabar con el estómago convertido en un laboratorio de fermentación.

La hormona antidiurética y el error de pensar como una tubería

La ADH o vasopresina regula la cantidad de agua que el riñón conserva. Cuando el cuerpo detecta cambios en la concentración de los líquidos corporales o una reducción del volumen circulante, aumenta la retención de agua. Es una respuesta de supervivencia.

Durante el ejercicio prolongado, esta regulación puede complicarse. El esfuerzo, el estrés fisiológico, el dolor, las náuseas y otros estímulos pueden favorecer una secreción inadecuada de ADH. Si al mismo tiempo el deportista bebe grandes volúmenes de líquido hipotónico, los riñones no eliminan agua con la rapidez necesaria.

El resultado no depende únicamente de cuánto sudas. También depende de cuánto bebes y de cómo está funcionando la regulación hormonal en ese momento.

Este punto desmonta otra excusa habitual: si he sudado mucho, no puedo estar sobrehidratado. Sí puedes. Sudar y beber no son procesos perfectamente sincronizados. Puedes perder líquido y, aun así, ingerir más del que necesitas. Puedes tener una sudoración elevada y desarrollar una alteración del sodio si compensas de forma exagerada con agua.

El cuerpo no es una tubería con una entrada y una salida equivalentes. Tiene hormonas, riñones, compartimentos líquidos y un cerebro bastante menos tolerante de lo que sugieren algunos consejos de redes sociales.

Cómo prevenir la hiponatremia asociada al ejercicio

La prevención empieza bastante antes de la línea de salida. No consiste en llegar al maratón con los riñones inundados porque la prueba será larga. Consiste en conocer tu respuesta y evitar estrategias extremas.

1. No bebas para cumplir una cifra inventada

Si no tienes una evaluación individual, evita fijar una cantidad rígida de agua por hora y cumplirla aunque no tengas sed. En pruebas prolongadas, las recomendaciones orientativas sitúan el límite superior alrededor de 800-900 ml por hora, pero las necesidades reales pueden ser menores.

La sed, el peso corporal y la experiencia acumulada de tus entrenamientos ofrecen más información que una tabla genérica encontrada a las dos de la madrugada.

2. Evita terminar con más peso

Controla el peso antes y después de sesiones largas. Si terminas pesando más que al principio, revisa el volumen ingerido. Esa ganancia no es una medalla a la buena hidratación.

3. No uses agua como tratamiento universal

El agua puede ser suficiente en sesiones cortas o de baja intensidad. En esfuerzos prolongados, puede tener sentido incorporar sodio y carbohidratos según el contexto. Pero beber agua para tratar náuseas, cefalea o confusión durante una carrera puede ser una mala decisión si existe sobrehidratación.

4. Practica la estrategia en entrenamientos

No estrenes bebida, geles ni cantidades de líquido el día de la competición. El entrenamiento sirve para comprobar tolerancia digestiva, ritmo de ingesta y respuesta corporal. También sirve para descubrir que ese producto con sabor a gominola tropical quizá no es una herramienta de rendimiento, sino una forma cara de sabotear el estómago.

5. Aprende a reconocer los signos que obligan a parar

La fatiga esperable es una cosa. La confusión, el dolor de cabeza intenso, los vómitos persistentes, la hinchazón y el deterioro rápido son otra. Si aparecen, busca asistencia. No sigas corriendo para demostrar carácter. El sodio no respeta el ego deportivo.

6. Comunica tu estrategia al equipo

En una competición, los acompañantes y voluntarios deberían saber si llevas un plan de hidratación. Si alguien te ve desorientado, tambaleándote o intentando beber sin parar, la respuesta no debería ser ofrecerte otra botella por reflejo.

La fatiga de Javier no se explica siempre por falta de agua

Cuando Javier llega exhausto después de una carrera, la pregunta no debería ser únicamente cuánto ha bebido. Hay que valorar el ritmo, la duración, el calor, la ingesta de hidratos, el sueño, el entrenamiento acumulado, la posible pérdida de líquido y los síntomas concretos. La nutrición deportiva no se resuelve con una botella marcada por horas.

La hiponatremia por exceso de agua en deportistas es un problema de equilibrio. No se trata de demonizar el agua, el sodio ni las bebidas deportivas. Se trata de dejar de aplicar una consigna infantil —hidrátate todo lo que puedas— a una fisiología adulta y compleja.

Beber demasiado durante una carrera puede diluir el sodio por debajo de 135 mmol/L. En casos leves, el cuadro puede parecer cansancio. En casos graves, puede comprometer el cerebro. La prevención exige una estrategia sobria: beber sin forzar, evitar superar aproximadamente los 800-900 ml por hora, no ganar peso durante la prueba, considerar bebidas con sodio en esfuerzos prolongados y prestar atención a las señales neurológicas y digestivas.

No necesitas convertir cada entrenamiento en una auditoría metabólica. Pero tampoco deberías correr con un plan basado en supersticiones líquidas. La mejor hidratación no es la que te hace beber más. Es la que encaja con lo que realmente pierdes.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la hiponatremia asociada al ejercicio?
Es una condición en la que la concentración de sodio en la sangre cae por debajo de 135 mmol/L durante la actividad física o poco después, generalmente debido a una ingesta excesiva de líquidos que el cuerpo no puede eliminar.
¿Por qué beber mucha agua puede ser peligroso durante una carrera?
Beber más agua de la que el cuerpo puede procesar diluye el sodio plasmático. Esto puede provocar desde fatiga y calambres hasta cuadros graves como edema cerebral si el sodio desciende drásticamente.
¿Cómo puedo saber si estoy bebiendo demasiado al entrenar?
Una forma práctica es pesarse antes y después de la sesión; si terminas la prueba con más peso del que tenías al empezar, es una señal de que has ingerido más líquido del que has perdido.
¿Es recomendable beber bebidas deportivas con sodio?
En esfuerzos prolongados, las bebidas con una concentración aproximada de 20 mmol/L de sodio pueden ayudar a reducir la dilución del plasma, aunque no deben consumirse sin límite ni ignorando las señales de sed.
¿Qué síntomas indican que debo dejar de beber y buscar ayuda?
Debes prestar atención a signos como náuseas persistentes, dolor de cabeza, confusión, desorientación, hinchazón inusual o fatiga desproporcionada, ya que pueden ser indicadores de una hiponatremia que requiere asistencia médica.