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Una columna de Pau Echegaray

Calambres en carrera: mi error con el sodio

Aproximadamente uno de cada cinco corredores sufre calambres durante un maratón. Y cerca del 40% de los deportistas los ha padecido alguna vez.

Pau Echegaray, Dietista-nutricionista clínico y divulgador metabólico·Actualizado: 24 de agosto de 2026·14 min de lectura

Calambres en carrera: mi error con el sodio

No es una rareza, ni una señal automática de que hayas olvidado echar una pastilla de electrolitos en el bidón.

Mi error —y el de buena parte de la conversación deportiva— fue reducir un problema fisiológico complejo a una frase de supermercado: calambre igual a falta de sodio. Es una explicación cómoda. También es incompleta.

Los calambres musculares por falta de sodio existen como posibilidad, especialmente cuando sudas mucho, pierdes bastante sal y prolongas el esfuerzo durante horas. Pero la ciencia no sostiene que el sodio sea la causa única, ni siquiera la principal en todos los corredores. Si sales a correr, aparece un espasmo en el gemelo y compras automáticamente el suplemento más caro del estante, quizá estés corrigiendo una variable secundaria mientras ignoras la que ha llevado al músculo al límite: la fatiga neuromuscular.

El mito del electrolito perdido

La teoría clásica es sencilla. Corres, sudas, pierdes sodio. El músculo deja de funcionar correctamente y aparece el calambre. Como muchas explicaciones sencillas, contiene una parte cierta y una conclusión demasiado grande.

El sodio participa en el equilibrio de líquidos del organismo y en la transmisión de los impulsos nerviosos. También influye en la excitabilidad muscular, es decir, en la facilidad con la que las fibras reciben y ejecutan una orden de contracción. Si pierdes mucho sodio a través del sudor, la reposición puede ser relevante. Sobre todo en esfuerzos largos, con calor, alta tasa de sudoración o un sudor especialmente salado.

Pero que el sodio influya no significa que cada calambre sea una alarma de sodio. En estudios realizados durante ultramaratones y pruebas Ironman, los deportistas que sufrieron calambres no presentaron diferencias significativas en la concentración sérica de sodio ni en la pérdida total de líquidos frente a quienes terminaron sin calambres. El dato desmonta una idea muy instalada: no todos los que se acalambran están más deshidratados ni tienen necesariamente menos sodio en sangre.

Ya en 2009, una revisión publicada en el British Journal of Sports Medicine cuestionó que la deshidratación y la pérdida de electrolitos pudieran explicar por sí solas los calambres asociados al ejercicio. No porque el agua y las sales sean irrelevantes, sino porque el músculo no es una tubería a la que basta con devolverle el líquido perdido para que todo vuelva a funcionar.

Un calambre no es un análisis de sangre con forma de espasmo: puede haber sodio de por medio, pero también fatiga, intensidad y control neuromuscular.

Aquí conviene separar dos conceptos que suelen mezclarse.

La concentración de sodio en sangre no es lo mismo que la cantidad de sodio que has perdido en el sudor. El rango habitual de sodio sérico se sitúa entre 135 y 145 mEq/L. Por debajo de ese intervalo hablamos de hiponatremia. Eso no significa que puedas diagnosticarte una hiponatremia porque hayas terminado una tirada con los gemelos duros. Ni que una bebida isotónica vaya a resolver cualquier contracción involuntaria.

La sangre mantiene su concentración mediante mecanismos de regulación muy precisos. El sudor, en cambio, puede variar mucho entre personas. Hay quien pierde más líquido. Hay quien pierde más sodio por litro de sudor. Hay quien apenas deja marcas blancas en la ropa y quien termina con la camiseta como si la hubiera espolvoreado con sal. La fisiología no trabaja con una cucharilla estándar para todos.

La fatiga neuromuscular es el sospechoso que nadie quiere invitar a la conversación

La explicación con más sentido para muchos calambres asociados al ejercicio es la alteración del control neuromuscular provocada por la fatiga.

Traducido al lenguaje de andar por casa: cuando el músculo está muy fatigado, el sistema nervioso empieza a gestionar peor cuánto debe contraerse y cuánto debe relajarse. La coordinación entre las señales excitatorias y las inhibitorias se deteriora. El músculo recibe más estímulo para contraerse y menos freno para detener esa contracción.

En términos fisiológicos intervienen, entre otros elementos, los husos musculares y los órganos tendinosos de Golgi. Los primeros informan sobre el estiramiento del músculo. Los segundos ayudan a modular la tensión y a frenar una contracción excesiva. Con la fatiga, el equilibrio entre ambos sistemas puede alterarse. El resultado es una contracción involuntaria, intensa y bastante poco interesada en tus planes de carrera.

Esto explica por qué los calambres aparecen con frecuencia cuando llevas mucho tiempo compitiendo, aumentas el ritmo, afrontas una subida o intentas sostener una velocidad para la que todavía no tienes suficiente adaptación. No hace falta que hayas cometido un error nutricional monumental. A veces has pedido al músculo más trabajo del que puede controlar con precisión en ese momento.

¿Puede ocurrir en una sesión corta? Sí. ¿Es más habitual cuando el esfuerzo se prolonga o la intensidad se dispara? También. El tiempo total no es el único factor: cuentan el ritmo, el desnivel, la temperatura, el estado de entrenamiento, la técnica y la fatiga acumulada.

En ciclismo, por ejemplo, los calambres musculares pueden aparecer después de mantener durante mucho tiempo una posición fija, pedalear con una relación demasiado exigente o afrontar una subida por encima de la capacidad habitual. En carrera, el gemelo, los isquiotibiales y los cuádriceps suelen pagar la factura cuando la intensidad o el volumen superan lo que el sistema neuromuscular puede sostener.

No hace falta convertir cada calambre en una tesis doctoral. Basta con observar el patrón:

  • Si aparece siempre al final de los entrenamientos largos, la fatiga merece más atención que el bote de cápsulas.
  • Si surge cuando aceleras, subes una cuesta o compites por encima de tu ritmo habitual, quizá el problema sea la demanda mecánica.
  • Si ocurre con calor, sudoración abundante y sesiones prolongadas, la pérdida de líquido y sodio entra con más fuerza en la ecuación.
  • Si aparece de forma repetida, también conviene revisar carga de entrenamiento, recuperación, sueño, técnica y posibles factores médicos.

La cuestión no es escoger entre sodio o fatiga como si estuviéramos votando en un concurso absurdo. Es entender qué peso tiene cada factor en tu situación.

Qué papel juega realmente el sodio

El sodio no es el villano. El villano es la promesa de que una única sustancia explica todo.

Durante el ejercicio, el sudor arrastra agua y electrolitos. La cantidad varía según la persona y las condiciones. En entrenamientos muy intensos puede perderse una cantidad considerable de líquido, incluso entre 3 y 4 litros, aunque esa cifra no sea una obligación fisiológica ni una previsión para tu próxima salida. El tejido muscular contiene alrededor de un 75% de agua, pero eso tampoco convierte la hidratación en una explicación universal de cada espasmo. El cuerpo no es una botella con piernas.

Cuando la pérdida de sodio es elevada, reponer parte de esas sales puede ayudar a mantener el equilibrio osmótico y la función neuromuscular. El equilibrio osmótico, dicho sin bata blanca, es la distribución adecuada de agua y partículas entre los compartimentos del organismo. Si se altera demasiado, las células y los nervios no trabajan en las mejores condiciones.

El problema aparece cuando se convierte esta verdad parcial en una recomendación indiscriminada. Más sodio no equivale automáticamente a menos calambres. Y tomar una bebida muy concentrada sin necesitarla puede añadir molestias gastrointestinales, exceso de azúcar o una falsa sensación de seguridad.

Hay una diferencia importante entre:

1. Aportar sodio porque tu sesión es larga, sudas mucho y tienes antecedentes compatibles con una pérdida elevada de sales.

2. Tomar sodio en cualquier entrenamiento porque una marca deportiva ha decidido que todos los cuerpos necesitan la misma cantidad por hora.

La primera opción puede tener sentido. La segunda es marketing con una bata blanca prestada.

También conviene desterrar otra asociación automática: calambre, plátano y potasio. El potasio es necesario para la función muscular, pero eso no demuestra que comer un plátano cure inmediatamente un calambre producido por falta de sodio durante una carrera. El cuerpo no funciona como una máquina recreativa en la que introduces una fruta y desaparece el problema.

Si el calambre ya ha empezado, la prioridad práctica suele ser reducir o detener la intensidad y favorecer una relajación progresiva del músculo, con estiramiento suave y controlado si resulta tolerable. Forzar el músculo contraído o intentar continuar al mismo ritmo para demostrar carácter no es una estrategia fisiológica. Es orgullo con dorsal.

Por qué no existe una cifra universal de sodio por hora

La recomendación de una cantidad fija de sodio por hora resulta atractiva porque parece precisa. La precisión, sin contexto, es una forma elegante de equivocarse.

No existe un protocolo universal de miligramos de sodio por hora válido para todos los deportistas. La tasa de sudoración cambia. También la concentración de sodio del sudor, el clima, el ritmo, la ropa, la duración de la prueba y la capacidad individual para beber y absorber líquidos.

Dos corredores pueden completar la misma distancia con diferencias enormes en sudoración. Uno puede terminar empapado y otro relativamente seco. Uno puede perder mucha sal y otro bastante menos. Si ambos siguen la misma pauta rígida porque aparece impresa en el envase de un producto, la recomendación no se ha personalizado: se ha fotocopiado.

Para orientar la estrategia, tiene más sentido observar varios datos juntos:

VariableQué puede indicarCómo aplicarlo
Duración del esfuerzoA mayor tiempo, más oportunidades de acumular fatiga y pérdidasUna sesión breve no exige la misma estrategia que una carrera de varias horas
Tasa de sudoraciónCuánto líquido pierdes durante el ejercicioValora el contexto real: calor, humedad, ropa y ritmo
Marcas de sal en la ropa o la pielPosible concentración elevada de sodio en el sudorEs una pista, no un diagnóstico de laboratorio
Antecedentes de calambresPatrón individual de apariciónAnota cuándo aparecen: al final, en subidas, al acelerar o con calor
Intensidad y fatigaDemanda neuromuscular acumuladaAjusta ritmo y carga antes de intentar arreglarlo todo con suplementos
Tolerancia digestivaCapacidad de absorber bebida y comida durante el esfuerzoUna estrategia que provoca náuseas no mejora tu rendimiento, aunque esté muy bien calculada

El registro sencillo gana a la superstición. Anota la duración, las condiciones ambientales, el ritmo aproximado, lo que bebiste, si tomaste sodio y el momento exacto del calambre. No necesitas construir un laboratorio en la cocina. Necesitas dejar de tomar decisiones basadas en una sola coincidencia.

Si los calambres aparecen únicamente en una carrera concreta, con calor y después de varias horas, la hipótesis de pérdidas de líquido y sodio gana peso. Si ocurren en sesiones normales, al introducir un sprint o cuando el músculo está claramente fatigado, la carga neuromuscular merece prioridad. Si aparecen de manera frecuente, intensa o fuera del ejercicio, toca consultar con un profesional sanitario. La nutrición deportiva no debe convertirse en una excusa para ignorar síntomas persistentes.

Cómo reducir el riesgo sin comprar toda la estantería de electrolitos

La prevención empieza antes de la bebida isotónica. De hecho, suele empezar semanas antes, con una progresión de entrenamiento razonable.

Un músculo que no está adaptado a una distancia, un desnivel o una intensidad concreta tiene más probabilidades de fatigarse. Y un músculo fatigado pierde capacidad de regular la contracción. Pretender solucionar una mala progresión con sodio para evitar calambres es como intentar arreglar unos frenos gastados limpiando el parabrisas: tiene actividad, pero poca relación con el problema.

1. Ajusta el ritmo al entrenamiento que tienes

Los calambres que aparecen al final de una carrera pueden señalar que la intensidad inicial era demasiado ambiciosa. El cuerpo puede sostener un ritmo durante un tiempo utilizando recursos neuromusculares que luego se agotan. Cuando llega la fatiga, la técnica cambia, aumentan las compensaciones y ciertos grupos musculares reciben más carga.

Si siempre te acalambas después de acelerar, no empieces buscando la cápsula perfecta. Pregúntate si ese ritmo era sostenible. La pregunta es menos emocionante que estrenar un suplemento, pero suele ser más útil.

2. Entrena la especificidad

El organismo se adapta a las demandas que practica. Si preparas una carrera con desnivel, incorpora desnivel. Si compites durante horas, entrena la tolerancia a esfuerzos largos. Si el problema aparece al final, algunas sesiones deben enseñar a tus músculos a trabajar con fatiga, siempre dentro de una planificación sensata.

Esto no significa entrenar siempre exhausto. La fatiga también necesita gestión. La recuperación forma parte del entrenamiento porque permite que el sistema neuromuscular vuelva a coordinarse con normalidad.

3. Practica la hidratación durante sesiones largas

No estrenes una estrategia de bebida el día de la competición. El intestino también necesita adaptarse a la cantidad y concentración de líquidos y carbohidratos. Si esperas a la carrera para descubrir que tu bebida te produce náuseas, has elegido el peor laboratorio posible.

En esfuerzos prolongados, prueba durante el entrenamiento qué cantidad toleras, en qué condiciones sudas más y si tu bebida aporta sodio de forma razonable para tu contexto. No persigas una cifra universal. Persigue una pauta que responda a tu sudoración, a la duración y a tu tolerancia digestiva.

4. No confundas sed con una competición de hidratación

Beber sin límite tampoco es inocuo. La hiponatremia puede aparecer cuando existe una dilución excesiva del sodio en sangre, especialmente en esfuerzos prolongados con una ingesta de líquidos desproporcionada respecto a las pérdidas. El mensaje no es beber menos por sistema. Es evitar que una recomendación simplista te empuje a consumir cantidades que no necesitas.

La estrategia debe ser suficiente, no espectacular. En nutrición deportiva hay demasiadas pautas diseñadas para impresionar y muy pocas para encajar con el cuerpo real de quien las sigue.

5. Come adecuadamente alrededor del entrenamiento

Los carbohidratos sostienen buena parte de la intensidad y retrasan la llegada de la fatiga en esfuerzos exigentes. Una alimentación insuficiente puede hacer que una sesión normal se convierta en una prueba de supervivencia muscular. Eso no convierte a los carbohidratos en un tratamiento directo del calambre, pero sí recuerda que el rendimiento depende de más variables que los electrolitos.

La comida postentreno también importa para recuperar glucógeno y favorecer la reparación muscular, aunque no vaya a borrar un espasmo ya instalado. El músculo necesita energía, proteína, líquidos y tiempo. No necesita que le atribuyamos poderes mágicos a un único nutriente.

Si el calambre aparece cuando el músculo ya no puede sostener el trabajo, añadir sodio sin bajar la intensidad es intentar negociar con un sistema nervioso agotado.

Entonces, ¿cuándo tiene sentido prestar más atención al sodio?

Tiene sentido ser más meticuloso cuando coinciden varios factores: entrenamientos largos, calor, sudoración abundante, ropa con depósitos de sal, antecedentes de calambres en esfuerzos prolongados y dificultad para mantener una hidratación razonable. En ese escenario, la pérdida de sodio puede contribuir al problema y una estrategia de reposición bien planteada puede ser útil.

Lo que no tiene sentido es convertir una bebida con electrolitos en una póliza contra los calambres. La evidencia no permite prometer que un producto concreto prevenga un porcentaje determinado de espasmos. Tampoco permite asegurar que todos los corredores necesitan la misma dosis. Y mucho menos justifica llamar déficit de sodio a cualquier dolor muscular que aparezca durante una carrera.

En ciclismo, la lógica es la misma. Una sesión larga bajo calor, con mucha sudoración y un ritmo elevado puede exigir una estrategia distinta a una salida tranquila de una hora. El maillot, el casco y el bidón no cambian las leyes de la fisiología. Solo cambian la forma de sudar y de acumular fatiga.

La forma más sensata de actuar es combinar tres líneas de trabajo:

  • Reducir la fatiga innecesaria, con una progresión de volumen e intensidad que puedas sostener.
  • Individualizar la hidratación y el sodio, especialmente en esfuerzos largos y condiciones calurosas.
  • Observar el patrón de los calambres, en lugar de atribuirlos todos a una supuesta carencia idéntica.

Si el episodio es recurrente, aparece con poca carga, afecta a varios grupos musculares o se acompaña de otros síntomas, consulta. Un calambre asociado al ejercicio es frecuente. Eso no significa que todo calambre sea normal ni que deba resolverse con consejos genéricos de redes sociales.

Mi conclusión: el sodio importa, pero no manda solo

Los calambres musculares por falta de sodio no son un invento, pero tampoco son la respuesta automática para cada corredor. El sodio participa en la función neuromuscular y puede ser relevante cuando las pérdidas son elevadas. La fatiga local, la intensidad y el control neuromuscular explican muchos casos en los que la concentración de sodio y la pérdida total de líquidos no distinguen a quienes sufren calambres de quienes no.

Por eso mi error fue buscar una causa única para un fenómeno que no funciona con una causa única. Es una tentación constante en nutrición: localizar un nutriente culpable, comprar su antídoto y dar por cerrado el expediente. La fisiología, por suerte, es bastante menos cómoda.

Antes de aumentar el sodio, mira cuándo aparece el calambre. Qué estabas haciendo. Cuánto tiempo llevabas. A qué ritmo. Con qué calor. Cuánto habías sudado. Si el músculo llevaba semanas acumulando más carga de la que podía gestionar.

Y después decide. No al revés.

El mejor protocolo no es el que tiene más cápsulas. Es el que entiende por qué tu cuerpo está fallando justo en ese momento y corrige la causa con la menor cantidad de teatro posible.

Preguntas frecuentes

¿Los calambres al correr significan que me falta sodio?
No necesariamente. La falta de sodio es una posibilidad, sobre todo con mucho calor, sudoración abundante y esfuerzos prolongados, pero muchos calambres también se relacionan con la fatiga neuromuscular, la intensidad y la carga acumulada.
¿Cuándo puede ayudar tomar sodio durante una carrera?
Puede ser útil cuando el esfuerzo es largo, sudas mucho, hace calor y tienes antecedentes compatibles con una pérdida elevada de sales. La estrategia debe adaptarse a la sudoración, la duración del ejercicio y la tolerancia digestiva.
¿Existe una cantidad universal de sodio por hora para evitar calambres?
No existe un protocolo universal de miligramos de sodio por hora válido para todos los deportistas. La sudoración, la concentración de sodio del sudor, el clima, el ritmo, la duración y la capacidad individual para beber y absorber líquidos varían.
¿Qué puedo hacer si me da un calambre mientras corro?
Lo habitual es reducir o detener la intensidad y favorecer una relajación progresiva del músculo, con un estiramiento suave y controlado si resulta tolerable. Forzar el músculo contraído o continuar al mismo ritmo no es una estrategia adecuada.
¿Cómo puedo prevenir los calambres al correr?
Ajusta el ritmo a tu nivel de entrenamiento, progresa de forma razonable, practica la hidratación durante las sesiones largas y revisa la recuperación, el sueño, la técnica y la carga de entrenamiento. También conviene anotar cuándo aparecen, con qué ritmo, duración, temperatura y nivel de sudoración.