lodelicious.

Nutrición científica para tu bienestar diario

Una columna de Pau Echegaray

Noticia

El color de los alimentos como clave para una nutrición diversa y equilibrada

inta plantas a la semana. Esa es la cifra que la nutricionista Maricucina Plevisani repitió en el segmento "Tip Nutricional" de "Así de Simple" para recordarnos algo que la evidencia científica lleva…

Pau Echegaray, Dietista-nutricionista clínico y divulgador metabólico·actualizado 02 de septiembre de 2026

El color de los alimentos como clave para una nutrición diversa y equilibrada

inta plantas a la semana. Esa es la cifra que la nutricionista Maricucina Plevisani repitió en el segmento "Tip Nutricional" de "Así de Simple" para recordarnos algo que la evidencia científica lleva años confirmando: que el color del plato es un atajo visual hacia la diversidad de fitoquímicos que tu microbiota —y tus mitocondrias— están esperando. No es marketing, es bioquímica pura, y conviene desmenuzarla antes de convertirla en mandamiento de supermercado.

El código de barras que llevas al plato

Plevisani usó la manzana cortada como ejemplo: expuesta al aire, se oxida. Los antioxidantes hacen exactamente lo contrario dentro de ti, neutralizan ese mismo proceso que envejece células, degrada proteínas y satura la respuesta inmune. Cada color arrastra una familia distinta de pigmentos con funciones diferentes. Los alimentos naranjas —zanahoria, calabaza, boniato— aportan carotenoides precursores de vitamina A, clave para la regeneración de mucosas y piel. Los rojos, tomate y pimiento incluido, concentran licopeno y quercetina. Los verdes, clorofila, magnesio y ácido fólico. Y los blancos como el ajo y la cebolla, compuestos azufrados que trabajan sobre el eje hígado-intestino con una evidencia que ya nadie puede mirar por encima del hombro.

La propia Plevisani desmontó la trampa del "superalimento": no hay extremos, no existe un color superior. El tomate no le gana a la col rizada ni la sandía al ajo. El valor está en sumar familias, no en idolatrar una.

Tu microbiota se aburre antes que tú

Aquí llega el matiz clínico que la tele a veces no huele: todos caemos en la misma trampa —repetimos la ensalada de siempre porque es cómoda y creemos que con seis frutas en el carro ya cumplimos—. No. La microbiota se acostumbra a lo que le das, y cuando le das siempre lo mismo, deja de extraerle rendimiento. Rotar verdura cada tres o cuatro días es una de las manipulaciones dietéticas más baratas que existen para modular la inflamación de bajo grado, esa que no avisa pero se nota en la recuperación muscular, en la piel y en el ánimo.

Si entrenas, el tema deja de ser decorativo. Los polifenoles del arándano modulan el estrés oxidativo post-sesión, los glucosinolatos del brócoli apoyan el procesamiento hepático de metabolitos del ejercicio y los nitratos de la remolacha tienen su papel documentado en la eficiencia del oxígeno. No necesitas polvo carísimo con la palabra "recovery" en la etiqueta —ya sabemos quién vive de eso—; necesitas medio kilo de verdura variada al día y la disciplina de no repetir siempre la misma ensalada.

Cómo sumar treinta plantas sin volverse loco

La cifra suena a misión imposible hasta que la desmontas. Un desayuno con avena, frutos rojos y semillas de lino ya son tres; una comida con lentejas, cebolla, ajo, pimiento y tomate suma cinco más; una cena con salmón y brócoli, otras dos. La cuenta sube sola si dejas de pensar en nutrientes aislados y empiezas a razonar en diversidad real. El truco no es la perfección, es no tener un plato monotemático —y ahí sí que rendimiento, recuperación y bolsillo te lo van a agradecer a partes iguales.