lodelicious.

Nutrición científica para tu bienestar diario

Una columna de Pau Echegaray

Noticia

Más de 80 contaminantes hallados en pescados habituales de nuestra dieta

81 compuestos. Esa es la cifra cruda que ha sacado el Departamento de Química Analítica de la Universidad de Córdoba tras diseccionar 120 ejemplares de cuatro peces que tú das por sentados en la cesta de la compra: jurel, sardina, salmonete y merluza.

Pau Echegaray, Dietista-nutricionista clínico y divulgador metabólico·actualizado 01 de septiembre de 2026

Más de 80 contaminantes hallados en pescados habituales de nuestra dieta

El trabajo, publicado en el Journal of Hazardous Materials, no habla de "trazas testimoniales", sino de un cóctel real con plastificantes, retardantes de llama, pesticidas, fármacos, drogas ilícitas, productos de cuidado personal y compuestos industriales. Casi la mitad de lo detectado son metabolitos —el subproducto que deja el pez tras procesar el contaminante— y aquí está el matiz incómodo: el impacto de esos metabolitos en tu salud está mucho peor mapeado que el de las sustancias originales.

El reparto del pastel, especie por especie

Lo jugoso del estudio no es el titular genérico de "el Mediterráneo está sucio", sino el reparto desigual del menú. El jurel, que come tanto en superficie como en el fondo, acumula el espectro más ancho: plastificantes, compuestos industriales y pesticidas. El salmonete, que remueve sedimento para buscar comida, se lleva la cuota de la contaminación costera: plastificantes y fármacos. La merluza, en lo más alto de la cadena dentro del trabajo, presenta menos volumen total pero más compuestos industriales persistentes, precisamente los que cuestan décadas degradar. La sardina, por su parte, refleja su vida en la columna de agua con su propio perfil. Cada pez es un retrato de su hábitat y de lo que el ser humano lleva años vertiendo al mar: sobrepoblación costera, turismo de masas, plantas de tratamiento, escorrentía agrícola, tráfico marítimo. El Mediterráneo funciona como una bañera con el desagüe atascado, acumulación pura.

Qué hacer con esto sin volverse paranoico

Conviene leer la nota de la propia Universidad de Córdoba con bisturí clínico: que un contaminante aparezca en un pescado no significa automáticamente que te vaya a sentar como una patada en el hígado cada vez que lo comas. Lo que el trabajo pone sobre la mesa es la necesidad de mejorar los modelos de evaluación del riesgo, porque buena parte de los metabolitos detectados ni siquiera tienen regulados sus umbrales en los protocolos actuales. De ahí a sentenciar "deja el pescado" hay un salto que sería nutricionalmente absurdo y clínicamente irresponsable: estamos hablando de las especies que sostienen buena parte de la evidencia cardiovascular y metabólica del patrón mediterráneo. Pero sí obliga a tres movimientos razonables. Diversificar especies para no apostar todo al mismo perfil de exposición. Preferir piezas de tamaño moderado y, cuando se pueda, con trazabilidad conocida. Y exigir, como consumidores y como profesionales, que se investigue de verdad lo que ya nos estamos comiendo. La dieta mediterránea sigue siendo una de las mejores herramientas de salud pública que existen, pero se sostiene sobre un mar que ya no es el que era.