Cómo identificar los alimentos ultraprocesados que se disfrazan de opciones saludables
Según contó la nutricionista Melani Manfredi a Radio LV11 tras una feria nacional del sector alimentario en Argentina, la barrita tiene proteína, el agua tiene proteína y el café tiene proteína.
Pau Echegaray, Dietista-nutricionista clínico y divulgador metabólico·actualizado 28 de agosto de 2026

Darle la vuelta al paquete: la trampa del "saludable" explicada por una nutricionista
Manfredi, al frente de una dietética en Santiago del Estero, asegura que nunca había visto tantos productos disfrazados de saludables apelando al mismo reclamo. El boom proteico, los alimentos funcionales y las premezclas exprés marcan el ritmo del lineal, y la pregunta es inevitable: ¿qué hay de verdad detrás de la etiqueta?
El truco está en dar la vuelta al paquete
El primer error, según explicó Manfredi en diálogo con ADN de Radio, es decidir la compra mirando solo el frente del envase. "Tenemos que ir a la parte de atrás, donde vemos los ingredientes, el valor nutricional, las calorías y si tiene azúcar agregado o no", señaló. Los octógonos, añadió, sirven de aviso, pero no deberían leerse como un veredicto: hay mermeladas con sello de "exceso de azúcares" que endulzan con mosto de uva en lugar de jarabe de maíz de alta fructosa, y otras sin advertencia que cargan con azúcar refinada bajo eufemismos. Si compras solo por el reclamo del frontal, estás pagando a precio de oro un puñado de marketing.
Qué dice la evidencia europea
Una revisión europea de tendencias repasada por Merca2.es aplica un código de colores a ocho modas del momento. La proteína sigue reinando, pero el matiz está en el origen: pasar de la proteína animal a la vegetal —lentejas, garbanzos, soja, avena, almendras— es la palanca con más recorrido. Con una dieta variada, la ingesta media ya supera la recomendación y no hacen falta barritas ni púdines enriquecidos; aproximadamente un tercio de la población los consume al menos una vez por semana.
El ayuno intencionado de 11 a 16 horas parece activar la autofagia —el reciclaje celular que mejora la sensibilidad a la insulina, o lo que es lo mismo, tus células vuelven a escuchar— y se asocia con pérdidas de grasa del 3% al 7%, similares a otras estrategias. Las dietas bajas en carbohidratos, en cambio, no son superiores: en un estudio con 7.000 personas, la diferencia media frente a otras fue de un kilogramo. Ruido estadístico. El "clean eating" tiene una base razonable —alimentos naturales y poco procesados—, pero la frontera entre comida "limpia" y "sucia" es arbitraria y moralizante; la propia Universidad de Harvard advierte de que puede derivar en perfeccionismo rígido sin base científica. Y los productos "sin gluten" o "sin lactosa" solo aportan ventaja a quien no los tolera; para el resto, son un sobrecoste que puede reducir la presencia de cereales integrales y fibra.
Lo que toca vigilar
Manfredi también observó un cambio generacional en su consulta: adolescentes y jóvenes cada vez más interesados en mejorar su alimentación, frente a adultos cuesta arriba con hábitos de décadas. Esa brecha la explota el marketing, porque al adulto cansado le vende soluciones rápidas y al joven preocupado le vende identidad. Mientras tanto, según un estudio reciente recogido por El Heraldo de Saltillo, la combinación de sedentarismo y mala alimentación ya pasa factura al corazón de los jóvenes con daños cardiovasculares prematuros.
Por tanto, si vas a hacer una sola cosa esta semana, que sea esta: dar la vuelta al paquete. Si los cinco primeros ingredientes incluyen azúcar en cualquiera de sus nombres, harinas refinadas o aceites de semillas, vuelve a ponerlo en la estantería. Da igual cuántos sellos "proteico", "funcional" o "clean" lleve delante.